las teclas del piano que llaman al glaciar del invierno
en el interior de aquella casa, rodeada por sus hijas,
por las flores de la primavera que ansían de su amparo,
de la luz del verano, más allá de las vallas de madera.
Nace la escarcha de un libro abierto, tirado en el suelo,
en el mismo suelo que uno pisa cada día, olvidado,
o tal vez ignorado, suena el reloj, y el hielo las acaricia,
las paredes desgastadas y agredidas por las corrientes,
y aun intentando escapar por las grietas de entre los ladrillos,
no alcanzan el exterior, pues el calor del sol lo reduce
a simple rocío sobre las flores que los demás observan,
mas sigue creciendo entre esas cuatro paredes
reservadas solo para los que han logrado el mérito
de que la madera ceda sin que tengan que tocarla.
Son las ráfagas que traen y en ellas se mecen los pétalos,
sean del propio o del jardín de otra casa,
son esas semillas las que germinan y emergen los céfiros,
aquellos que susurran a la buhardilla, graban su tinta
en los tabiques raídos, deslíen la carama del grimorio.