anda sobre ésta con naturalidad, y sin embargo,
en ocasiones pisó fuera de la cuerda, y allí dónde
su cae su pisada, una losa de piedra se alza
gracias a las manos invisibles de los que llegaron
al vacío lugar lleno de susurros,
ininteligibles e inalcanzables para algunos,
claros como el ruido de un río o una cascada para otros.
Allí mora el nómada acompañado de su fiel cánido
y de la tejedora que se asegura de guiarlo
a través del metal inestable que cuelga de un extremo al otro,
en ocasiones, una brillante llamarada de luz brilla
des de la profundidad del abismo, cegando así al nómada
y trastabillando su marcha, es sin embargo, su fiel acompañante
quien crea una losa de tierra, para poder recuperar el paso
hacía una figura vestida con una túnica y un sombrero de punta.
Antes de alcanzar la silueta de la magia, el cánido se desvanece,
aunque aún se escuchan sus aullidos y gruñidos, más ahora
provienen del interior del nómada, la compañera arácnida
continúa guiando el camino, la silueta del mago se desvanece,
y emergen susurros que se perciben y se escuchan por todas partes,
incluso en su oído, el nómada cierra los ojos, y ahora ve los pupilas,
pupilas gigantes, desorbitadas y totalmente dilatadas que le juzgan,
y a su vez, le susurran lo que él quiere ignorar.
Vuelve a abrir los ojos, está vez consciente de su presencia,
pues ahora las ve en el abismo, allá a donde mira, incluso en su tez,
el brillo de aquellas joyas que adornan el cielo junto a la luna
emana de las profundidades de la brecha bajo los pies del nómada,
y algo se muestra allí donde el camino parece terminar, un fantasma,
un fantasma que parece dibujado como si de un garabato se tratase,
en él las voces y los numerosos iris se concentran, se muestra expectante,
pues ahora no hay losas, solo un hilo y unas pocas pisadas hasta el espectro.