en las calles de la ciudad demoníaca,
allí dónde se encuentran todos sus fragmentos,
ya sean pasadas, recién conocidas o por descubrir,
ambos pasan por delante de la posada del infierno,
y sin embargo, siguen su camino sin siquiera mirarla.
Las avenidas se tornan costanillas,
y las costanillas callejones,
tanto se estrechan que solo les dan paso
al nómada y su esquirla, dejando atrás
a las almas que acompañan al caminante,
se cierra el paso, y se abren las profundidades.
El sendero se ilumina con tenues llamas violáceas,
llamas violáceas que desvelan en el cemento desgastado
las grietas que nadie ve, aquellas que se encuentran
en el abismo más oscuro, allí donde el sol negro resplandece
e ilumina la oscuridad más primigenia, allí donde las fisuras
se quiebran para dar lugar a la reconstrucción o a la destrucción.
Es así, como nace la cuarta pieza de la "Armonía":
"Se encuentran cinco copas llenas vino más amargo
que en antaño ahogó e hizo que su anfitrión se trizara,
mas gracias a los diez bastos que él mismo construyó
pudo encontrarse con las nueve espadas que le rodean,
esgrimiendo la décima en sus propias manos".
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