dos manos te alzan, una a cada lado,
te llevan por una senda llena de colores
viva como la jovial primavera
en su estado más puro y festivo,
pues tus pupilas están intactas.
Con el tiempo, su influencia y ayuda
se desvanece y quedan tus solitarios pies
tocando el asfalto, la misma piedra
que ellos trataron de enseñarte para que así
fueras capaz de recorrerla, y sin embargo,
te tropiezas, y algo se agrieta en tu retina.
Empiezas a divisar una tenue niebla, la ignoras,
ésta te advierte, y aun así, la ignoras,
viajas por la estrechas calles, caen las piedras,
los edificios cada vez tienen más muescas,
y tu iris se quiebra, una y otra, y otra, y otra vez,
y la niebla se condensa cada vez más y más.
Los callejones, ya inundados de niebla,
se estrechan, te oprimen, te avasallan,
sientes como la bruma colapsa contigo
hasta que tu córnea se triza, y ahora,
eres capaz, lo ves con claridad,
la calígine se disipa, y ahora es nítida.
Las ramblas se llenan de humo, formado por la seda
por la seda que tus pasos crearon, siendo algunos de ellos
barreras o trampas que retrasaron tu llegada a la gran ciudad,
que enfangaron la calzada o que incluso te anclaron o trituraron,
pues ahora, cada vez que observas la siguiente costanilla
eres capaz de navegar entre las hebras neblinosas sin brújula.
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